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miércoles, 8 de junio de 2011

“VIVIR CON EXTRANJEROS”, ZYGMUNT BAUMAN


1. INTRODUCCIÓN

Vivir en compañía de extranjeros no es el tema que preocupa Bauman, sino la convivencia con estos. El autor nos explica que cuando más se valoran la extensión de los espacios y las distancias, mayor relevancia se le da a las personas con las que se comparten.

Bauman hace una interesante reflexión sobre la discriminación que existe hacia los extranjeros que tienden a cruzar las fronteras de los países europeos.

2. BREVE RESUMEN DEL TEXTO

Haciendo referencia a Fredrik Barth, Bauman comienza afirmando la idea de que las fronteras no son trazadas para diferenciar las disimilitudes, sino que es al contrario: cuando estas son trazadas, se marcan las diferencias y es en ese momento en el que nos percatamos de la existencia de las mismas.

Creamos fronteras precisamente buscando diferenciarnos los unos de los otros. Todos somos diferentes, sin embargo, algunas diferencias nos agradan más que otras. Así, cada frontera marca las suyas, y esto ocurre por la preocupación de asegurarnos un lugar acogedor ante un mundo que nos atemoriza por su imprevisibilidad. De ahí la obsesión por controlar las fuerzas externas que conocemos a causa de la globalización.

Atribuimos esas fuerzas presentadas como amenaza a las personas que cruzan nuestras fronteras diferenciadoras a las que no hemos invitado a entrar.

Bauman compara las ciudades con los vertederos en el sentido de que es en ellas donde se arrojan los problemas sociales creados y no resueltos del espacio global, lo que viene a significar que toda la presión de dichas problemáticas recae en los municipios.

La velocidad de la modernización crea lo que Bauman llama “gente superflua”, que se ve obligada a marcharse a otros lugares para convertirse en un nuevo inmigrante económico. Serán también los recursos locales los que se ocupen de ellos. Aterrizan en nuestras ciudades como fuerzas de la globalización, representando nuestra preocupación de poder perder, alguna vez, nuestros medios y posición social. La gente superflua debe ser expulsada por la industria moderna para construir un nuevo orden. Pero ahora su situación es diferente, ya que la población superflua europea arrojada con anterioridad a territorios deshabitados ha ocupado esos territorios sin dejar un espacio para la basura social. Y no sólo eso, sino que las consecuencias de la libre economía, el libre cambio, etc. suponen que la gente superflua pase de ser un producto meramente europeo a ser un producto a nivel mundial, procedente de cualquier lugar y hacia cualquier lugar.

Cabe destacar la importancia del cambio de significación de la palabra “desempleo”: ahora es gente superflua, no que esté desempleada, sino que sobra. Por otro lado, la invención del término “desclasados” no se refiere a pertenecer a una clase muy inferior, sino a quedar excluido de la sociedad, recalcando esta su inutilidad; pero los desclasados no serán los consumidores que saquen a los países de sus crisis, por lo que sería mejor para estos que desaparecieran.

Las fronteras para la creación de áreas seguras; es por esta razón es que existen los “espacios vetados” (como las áreas residenciales o los barrios cercados), que reflejan los guettos a los que se arroja a los desclasados e inmigrantes. Pero esto desencadena un sarcástico bucle: la búsqueda de compañía en personas semejantes surge de la desconfianza ante lo diferente, y cuanto menos contacto se tiene con dicha diferencia, mayor miedo provoca esta y más refugio se busca en la semejanza.

Bauman habla de “mixofilia” refiriéndose al interés de las personas por conocer las diferencias y mezclarse con ellas, y de “mixofobia” cuando el miedo a la diversidad (causado en gran medida por los prejuicios sociales) provoca no sólo que se evite esta, sino el deseo de transmitir ese sentimiento a las nuevas generaciones. El autor afirma que la coexistencia de estas dos definiciones es la misma solución: debemos alterar sus proporciones, aumentando la mixofilia y reduciendo la mixofobia para crear el equilibrio que de fruto a la convivencia.

3. VALORACIÓN CRÍTICA

“El multiculturalismo sólo tiene sentido si se define como la combinación, en un territorio dado, de una unidad social y de una pluralidad cultural mediante intercambios”.

Touraine, 1995

La exclusión social de la inmigración y la convivencia en contextos culturales son los dos temas primordiales que abarca Bauman en este texto de reflexión y concienciación.

El autor nos argumenta, basándose en las teorías de Fredrik Barth y su aportación “Los grupos étnicos y sus fronteras”, la inexistencia de las diferencias previas. Somos nosotros mismos los que las creamos ante la necesidad de entender, ya que es cierto que la uniformidad del mundo haría de este un lugar inhóspito y sin sentido. Cuando nos relajamos en nuestros hogares no nos paramos a pensar si somos iguales o diferentes a los demás; es precisamente cuando nos encontramos con el resto la hora en la que marcamos nuestras diferencias para poder distinguir entre un “tú” y un “yo”, y con ellas poder dar lugar al intercambio, el afecto y/o el odio. Y es por eso que creamos las fronteras, para diferenciarnos los unos de los otros.

La nacionalidad nos da esa pertenencia y exclusividad que nos permite distinguir entre ese “nosotros” y “los demás”, y al mismo tiempo marcar la diferencia entre los que están “dentro” de esa pertenencia de lugar, y los que se encuentran “fuera”. Estas fronteras son visibles, y muchas veces también muy duras tanto para los excluidos como para los mismos incluidos en ese grupo social, ya que no se les permite “entrar y salir” con la facilidad y libertad que les gustaría.

Pero el miedo a enfrentar las diferencias no sólo incluye dichas fronteras nacionales, sino que, además, crea barreras internas que no se pueden ver, como son el lenguaje, la separación espacial, la falta de conocimiento, la legislación vigente de cada país o sus propias políticas y programas sociales (incluso los creados con buenas intenciones pueden ser excluyentes, como los programas de compensatoria o especializados). El capital cultural es una de las exigencias que se imponen a los extranjeros para una convivencia positiva; será el educador social el encargado de fomentar la información, formación y mediación precisas para esta.

Por otro lado, el hecho de que toda la responsabilidad recaiga en la ciudad o municipio supone un gran problema, ya que estos no tienen capacidad legislativa y suelen contar con pocos recursos. Sin embargo, son ellos los encargados de atender las necesidades y demandas sociales y quienes deben ofrecer los servicios a la población, ya que son los que sufren día tras día las problemáticas sociales que la envuelven.

Por otro lado, y citando a Rosa Marí Ytarte, “la diversidad cultural actual se sitúa en un contexto reciente: el de la urbanización extensiva y el de la globalización económica”. Las sociedades anteriores eran más estables y rígidas en comparación a las actuales, que muestran una gran flexibilidad en cuanto al libre mercado pero no tanto en lo que respecta a la libre circulación de las personas, es decir, que resulta muy fácil salir de un círculo social, pero no tanto volver a entrar en él; las personas que quedan fuera de nuestras sociedades, esas a las que llamamos “marginados” (como son muchos de los inmigrantes en Europa), sucumben a una situación que les excluye de tal manera que les vuelve “invisibles”; y es precisamente esa invisibilidad fruto de un ritmo de vida impuesto por la globalización. Este exige, en cuanto a la identidad de sus individuos, por un lado originalidad y distinción y, por otro, niveles estéticos, de salud, deportivos y culturales que implican no dejar tiempo a la reflexión sobre su misma imposición.

Pero, entonces, ¿por qué se migra? Porque hay una demanda, una llamada. Emigrar es un proyecto de grupo (como puede ser la familia) que no se emprende a ciegas, sino que está estudiado, elaborado y premeditado, teniendo una visión laboral, o una posibilidad de “algo”.

Con el fenómeno de la inmigración, la ciudad se convierte en un laboratorio de experiencias y de convivencias múltiples que generan miedo, convirtiendo la alteridad en un extraño. Sin embargo, tenemos que convivir con esa diversidad y pluralidad. Ante esta situación, la sociedad ofrece dos discursos: el de las ONGs y la alta política, que abarca un sentimiento de paternalismo que ve a los inmigrantes como unos pobres desdichados a los que debemos ayudar; y frente a ese discurso “rosa” podemos encontrar el “negro”, que añade al anterior que somos demasiados y demasiado diferentes culturalmente, o que ellos delinquen, para desembocar en racismo.

Bauman no la trata, pero es importante señalar la relación entre la inmigración y el racismo, la xenofobia, la xenofilia y el prejuicio: los prejuicios son ideas preconcebidas a nivel mundial, que pueden provocar exclusión (como en el caso del niño gordito de la clase, al que no se le invita a jugar al fútbol); la xenofobia sucede cuando se evita a las personas a las que se tiene manía y se intenta destruirlas, aunque no directamente, sino a base de ignorarlas o marginarlas; en el caso de la xenofilia, la xenofobia se convierte en teoría y acción social legal o ilegal, defendiendo la persecución y expulsión de esas personas que les resultan tan poco agradables; el racismo parte de la tesis de la diferencia, por lo que debemos tener cuidado, ya que la diversidad se puede convertir en el racismo diferencialista actual que critica Tardieff, que se basa en que “como todos somos diferentes y tenemos derecho a la identidad, éste es mi terreno y quiero que el otro se marche”. Por eso se puede decir, en interculturalidad, que debemos apoyar la diversidad, pero siempre de la mano de la igualdad y la ciudadanía, y la reciprocidad.

“Alain Touraine indica que una defensa del derecho a la diferencia que no incluya, al mismo tiempo, un proyecto mínimo de cohesión social podría significar en la realidad lo contrario del interculturalismo, ya que la defensa de la identidad se convertiría en un rechazo de toda alteridad”

Rosa Marí Ytarte, 2005

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